Mandarinas de ayer y de hoy

 

Cada vez que voy al mercado a comprar frutas y verduras para la semana, me sucede lo mismo.

Cuando me encuentro frente al cajón de las mandarinas, primero las miro: su intenso color naranja me impacta, es llamativo, alegre. Me inspira tocarlas. Y… al sentir su aroma, que es mi siguiente paso, me lleva irresistiblemente a evocar mi pasado escolar.

Me veo a mi misma con túnica blanca, pronta para ir a la escuela junto con mi hermana. Ya estamos peinadas con raya al costado y un brochecito, que todos los días mi madre nos cambiaba de color, - para variar - nos decía.

En ese instante en que las carteras ya estaban cerca de la puerta de calle, mi madre nos llamaba: - cómanse una mandarina de postre  – rápido, así no llegan tarde. ¿Por qué ella nos haría comer siempre  una mandarina?

Pienso hoy, que quizás con ese afán materno de “alimentarnos bien” o de que “la fruta” es sana y rica,  nos “embutía”, poco menos: la mandarina. No lo sé.

Aún no la interrogo sobre este tema.

Pero sí recuerdo  como si fuera ayer, que aunque me lavaba las manos antes de irme, el aroma fuerte no se iba y me acompañaba hasta el primer recreo, cuando debía lavármelas nuevamente.

 Hoy que ha pasado tanto tiempo, las compro para mis hijas, quizás con el inconfesable deseo de que, algún día, ellas, al igual que yo hoy, al verlas, tocarlas y sentir su aroma me recuerden.

Hace un rato mi hija, me dijo:

-mamá, por qué siempre traes mandarinas y no otra fruta?

-porque son ricas y sanas – le contesté.

Sin querer reconocer en voz alta mi recientemente descubierto deseo.

-¿Sabes?- le dije- el olor a mandarina me trae lindos recuerdos de mi niñez y de tu abuela.

-Ay mamá, ahora entiendo porque siempre hay mandarinas en casa- dijo mi hija llevándose una en un platito.

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